Puedo contarte en español lo que no te diré en italiano

Publicado en por Teru Castillo

Se paró el tiempo. Sí, se paró el tiempo (al menos para mí) cuando le vi ahí dentro. La luz naranja de las 16:20 del sol de la tarde italiana le daba a su imagen un toque mágico. Tenía un niño en brazos y lo levantaba riendo. Podía ver también el agua en que flotaba, pero nada más del contexto que nos rodeaba, ni siquiera la cuarentena de personas que había allí.

En el momento en que me di cuenta de lo guapo que era y lo bueno que estaba, supe que ese croata no iba a ser nunca para mí. Por desgracia, por muy perfecto que me pudiera parecer él, yo seguía siendo una tímida extranjera que apenas hablaba el idioma común y le sobraban más de 30 kilos. Sin embargo, era inevitable el intercambio de miradas de vez en cuando teniendo en cuenta de que, de toda la gente que había allí (sin contar los niños) yo era la más joven y, bueno… la que más atención le otorgaba. Sólo tenía que echar un ojo hacia el cristal para encontrarse con mi mirada.

Cuando los 45 minutos de gloria acababan, no tenía más remedio que irme… y volver en media hora para asegurarme de grabar en mi mente esa imagen divina.

Recogí a la peque y, tras una ducha, le ayudé a vestirse y a secarse el pelo, un proceso lento y fatigoso que, cuando venían las dos niñas era insoportable.

Salimos fuera de los vestuarios. Acostumbrábamos a estar media hora más para que las niñas merendaran y para que el cambio de temperatura para ellas no fuera tan brusco. La peque se sentaba de espaldas al cristal, yo, para acompañarla, frente a ella, aprovechando los últimos minutos del día que tenía para verle… hasta el próximo martes.

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